Orlando

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Qué difícil es escribir sobre un atentado con la mente caliente y la sangre fría. Primero, el complejo de culpa. El habernos creado capas de cebolla sobre nuestra piel que nos haga ser selectivos a la hora de dejarnos impresionar por la muerte violenta. Esa muerte que como cantaba Ana Belén, está siempre presente y nos acompaña en nuestras cosas más cotidianas y al final nos hace a todos igual.
Recuerdo aquellas muertes que cuando ETA mataba nos hacían sufrir más. Sí. Tenemos que reconocerlo. Dolía más o nos impresionaba más que murieran niños en una casa cuartel de la Guardia Civil a que le pegaran a alguien un tiro en la nuca.
La muerte violenta nos acostumbra, llegando un momento en que no la escuchamos. Pero los violentos están ahí. No porque les ignoremos, no dejan de existir. No deja gente de morir. A balazos, con bombas, ahogados o muertos de hambre y sed. Es el sino de la especie humana. Que unos pocos maten a unos muchos.
De nuevo, en Orlando, hace unos días, la muerte vino con su diferencia: en este caso el objetivo era la comunidad LGTBI. Palabreja que muchos no entienden y que los que manejamos el término no caemos en la cuenta de explicar. LGTBI significa lesbianas, gays, transexuales, bisexuales e intersexuales. Distintos colectivos con un objetivo común: defender y reclamar la igualdad con el resto de la ciudadanía.
Desde el principio de la Historia, quienes formamos parte de este colectivo hemos sido agredidos de alguna manera en nuestras vidas. Desde que te digan maricón o machorra en la escuela hasta que te tiren desde lo alto de un edificio, como está de moda ahora en Oriente Medio.
Pero ¿por qué ocurren estas cosas? ¿cómo buscar una explicación a lo inexplicable? Ocurre por el odio, el miedo, el rechazo a lo diferente. Le solemos poner nombres que terminan en -fobia.
¿De dónde surge este odio, rechazo, miedo? No surge espontáneamente en el psique humano. Yo pienso que surge porque se siembra. Y normalmente estos sembradores son las religiones.
Obviamente, todo quien pertenece a una religión no es culpable, pero sí creo que tienen bastante culpas sus responsables que permiten que en pleno siglo XXI haya personas que guíen su vida por libros escritos hace cientos o miles de años, como es caso de la Biblia o El Corán. Estos responsables religiosos, como curas católicos, pastores protestantes o imanes musulmanes tienen la obligación de explicar que esos textos se escribieron hace muchos años y que hoy día necesitan ser adaptados para poderlos entender. Si no lo hacen, no lo explican, son cómplices tácitos de lo que pueda suceder cuando uno de sus fieles se tome un texto al pie de la letra.
La Biblia dice en el Levítico, en el capítulo 20, en su versículo 13 que Si alguien se acuesta con un hombre como si se acostara con una mujer, se condenará a muerte a los dos, y serán responsables de su propia muerte, pues cometieron un acto infame.
¿Se imaginan ustedes que un católico, o un cristiano protestante o un judío hace uso de este versículo al pie de la letra?
Pues lo mismo ocurre con la interpretación literal de la ley islámica, cosa que ha ocurrido en este atentado de Orlando.
Está claro que el culpable de la muerte homófoba es quien ha matado. Pero también son culpables los sembradores de odio a través de púlpitos y mezquitas. Hace pocos días un cura italiano pedía la pena de muerte para los homosexuales.
Esto son los extremos, pero hay mitades. Hay instrucciones veladas donde desde iglesias y mezquitas se les indica a sus fieles que la homosexualidad es mala. Sólo con esa afirmación, ya están sembrando el odio. Los resultados aquí los tenemos. 49 muertos en Orlando. O más de 60 agresiones homófobas en Madrid en lo que va de año. 
La sociedad se tiene que defender con la ley. Prisión para los asesinos, para los que matan, para los que agreden. Pero que la ley caiga con toda su fuerza también sobre quienes apuntan con el dedo al objetivo. ¿Recuerdan ustedes cuando ETA dibujaba una diana con el nombre del próximo amenazado? Las personas de los colectivos LGTBI también llevamos una diana encima. Sólo que quien nos apunta, lo hace al descubierto, sin vergüenza alguna. Y el Estado español lo permite y eso no lo podemos consentir para poder vivir en paz y en libertad.
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