El parlamento infectado.

Imagen de victorf en Pixabay

No de coronavirus, que también algún diputado y diputada ha pasado la enfermedad. Me refiero a otra infección mucho más peligrosa: el virus del odio.

Hace unos días escuchaba a un diputado decir que la crispación (mala educación y falta de respeto a la ciudadanía, le llamo yo) que se vive en los plenos parlamentarios es consecuencia del clima que hay en la calle que se traslada al Parlamento. No puede ser más falsa esa afirmación ¿Desde cuando la calle influye en el Parlamento, salvo a la hora de votar? Es al revés ese movimiento. Es desde los escaños del Parlamento donde se lanzan las proclamas de odio y se apuntan a colectivos y personas para acosarlas desde algunos medios de comunicación y desde partidos concretos.

Bien es verdad, que no todos son iguales. Pero tan malo es la acción como la omisíón. Tal como también es malo provocar como caer en la provocación.

El Parlamento se ha convertido en un problema para España, por si ya tuviéramos pocos. Los diputados/as y senadores/as viven en el espacio exterior, y parecen afectados por la falta de oxígeno y no respiran lo mismo que el pueblo que les vota. Nuestras preocupaciones no son las suyas. Ellos están obsesionados con el poder. Con ponerle palos en las ruedas al que trabaja. El pueblo está preocupado por no enfermar y no morirse. Está preocupado por sus puestos de trabajo. Está preocupado por la educación de sus hijos y jóvenes. Está preocupado por las pensiones y la asistencia a las personas mayores. Eso es lo que preocupa a las buenas gentes de España.

Pero nuestros políticos, no todos, es verdad, pero sí algunos muy determinados, están tan cargados de odio que son un peligro público para la estabilidad de este país. ¿No habíamos quedado en que estábamos diez días de luto por las víctimas del COVID-19? ¿Ni diez días pueden estar callados, sin insultar, amenazar, chulear, levantarse airados de los escaños y con esa mirada de ira perpetua?

A veces pienso, que es mejor estar siempre con un gobierno en funciones. Así estamos en permanente campaña electoral donde todos son buenos. Donde con su folletos y sobres de campaña, llegarían a nuestro buzón una mascarilla. Donde en vez de regalarnos gorras, camisetas o lavadoras por la calle, nos regalaran botes de gel hidroalcóholico o cajas de guantes con los logos de su partido. Y que gobiernen los funcionarios, que por lo menos saben lo que tiene que hacer. Dejen a los funcionarios gobernar un tiempo y ustedes, los parlamentarios, apuntaros a un club de estos de Paintball, ya saben, iros a un bosque y liarse a tiros unos con otros con balas de pintura. Iros allí a pegaros como en las películas, y cuando os desfoguéis, entonces regresen al Parlamento. Cuando estén calmados. Porque si no están calmados, no vuelvan, sólo sirven para hacer daño.

Jerezanos y jerezanas sin funeral

Imagen de Myriam Zilles en Pixabay

Pensé no escribir más sobre la muerte de mi padre en esta pandemia. No quería hacerme sangre. Total, como me han repetido cientos de veces en estos días: ‘él ya descansó’. Es verdad, el descansó, pero yo no. Es lo que tiene que se te muera alguien y no vivir ese momento de estar junto a él, de verlo muerto al reconocer su cadáver para que tu mente asuma lo que te está pasando, no vivir el velatorio, no vivir el funeral. No me podía imaginar que doliera tanto.

La mente ya la tengo más fría y estoy asimilando lo que pasó mientras tengo las cenizas de sus restos cerca de mí porque no he podido llevarlas al cementerio aún. Pongo la televisión para distraerme y siento una punzada. Veo el entierro de Julio Anguita y por favor, que nadie me malinterprete porque no tengo nada contra este personaje al que admiré tanto. Cuando veo a sus compañeros y amigos en su entierro, me pregunto por qué él sí y mi padre no.

Hoy me entero de que un antiguo alcalde de Jerez también ha fallecido. Tampoco tengo nada contra este señor, al revés, lo siento mucho por su familia, porque una vez ayudó a la mía. Pero escucho que su sepelio fue en la Catedral. También me pregunto por qué él sí y mi padre no. Sí, me pueden decir es que la muerte fue por este motivo o por lo otro y … vale. Pero tienen que comprender que desde el dolor me surja esta pregunta.

Pero es más. Veo en la Plaza del Caballo a gente con banderas y cacerolas manifestándose. Ellos pueden estar en la calle. Pero yo no pude ir ni al tanatorio para poder estar al lado de mi padre. ¿Por qué ellos sí y yo no pude estar cerca de mi padre una vez muerto para velarlo? Aunque hubiera estado yo solo.

¿Saben ustedes que se siente viendo eso? Sientes pena. Y sobre todo asco, mucho asco de lo que está pasando. A mi padre nadie me lo va a devolver. Déjalo pasar me dicen. Pero no puedo. Necesito mi duelo, cerrar mi herida abierta. Esta semana le he pedido al Hospital de Jerez un certificado con la causa de fallecimiento de mi padre. Me dieron dos diagnósticos distintos. Tranquilo, Alfonso, no te metas ya más, déjalo pasar, te vas a hacer daño. El descansó ya. De acuerdo. El descansó ya, pero el que ahora no descansa soy yo.

He creado un grupo en Facebook llamado Familiares y amigos de jerezanos/as fallecidos sin funeral , al que pueden acceder pinchando en el enlace para que las personas que hayamos sufrido en Jerez la pérdida de un ser querido, sea familiar, amigo, etc… sin funeral, podamos compartir nuestro dolor y experiencias y apoyarnos los unos en los otros y que quede un testimonio, un homenaje a todas estas personas de Jerez que se nos han ido sin poderles decir adiós.

Morir sin poder despedirse

Capilla del Tanatorio de Jerez – Fotografía del autor – Creative Commons

Muere mi padre. No es coronavirus, negativo en PCR. Pero como ha estado en la planta de infecciosos, se aplica el protocolo. Más vale prevenir que curar. Lo entiendo. No puedo verlo. De hecho, no le veía desde el 8 de marzo. Cerraron las visitas en todas las residencias de España, entre ellas, la suya, la de El Lago de Arcos, en Arcos de la Frontera. Nunca podré agradecer tanto y tanto todo lo que han hecho por mi padre. Lo han tratado como si fuera su propio padre. También han conseguido con su trabajo y esfuerzo frenar el virus a la puerta de la residencia. Bravo por ellos. Han estado en mi pensamiento todo su personal en todos mis aplausos de las ocho de la tarde.

Pero mi padre tenía 92 años. Es ley de vida, sabía que tarde o temprano este momento iba a llegar. Pero no así. Ni en mis peores pesadillas. Me avisan de que ha fallecido. No puedo verle ni reconocer su cuerpo. Se lo llevan para el tanatorio de Jerez. Tampoco puedo ir. Lo incinerarán a la mayor brevedad posible. Murió sobre la una y media de la tarde. A las ocho o las nueve ya estaba incinerado. Me quedo en estado de shock. Mi padre ha muerto y no lo he sufrido. Es como si un familiar tuyo viaja en un avión que se estrella y mueren todos calcinados. Así me siento ahora.

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¿Luto? Sí, pero ahora no.

Bandera con crespón

Fotografía: Pablo Soto.

La letra de esta canción compuesta por Victor Manuel y cantada por Ana Belén refleja como ninguna la realidad de España:

España camisa blanca de mi esperanza
A veces madre y siempre madrastra;
Navaja, barro, clavel, espada.
La muerte siempre presente nos acompaña
En nuestras cosas más cotidianas
Y al fin nos hace a todos igual.

La muerte, consecuencia de la vida, siempre nos ha estado presente en nuestra vida como país y como personas. ¿Quién no la ha sufrido? Nadie está libre de ello. En todas las etapas de nuestra Historia como país, la hemos padecido. Muertes colectivas como los atentados de ETA, accidentes de aviación, trenes, incendios, etc. La muerte en lo personal también nos acompaña en nuestras vidas. Usted, que me lee, seguro que tiene alguien que se ha ido y le ha dejado un dolor en el corazón.

La única manera de vencer esta angustia, este sufrimiento con el que nos hiere cada día, es superar el proceso de luto que tiene varias fases según la Psicología: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Si en una de estas fases fallamos, tendremos un problema de algo no resuelto que nos arrastrará de por vida.

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Queremos ir a misa

Misa

Una de las muchas características de la Iglesia Católica institucional, ya saben, esa de de que el Papa Francisco se queja ‘porque no huele a oveja‘ es que siempre va por detrás de los tiempos y no se enteran de que hay nuevas tecnologías. En estos días, en la red social Twitter era trending topic la petición de ‘Queremos ir a misa‘. Las personas que lo hacían ignoraban, que ante la pandemia y la situación de que por responsabilidad hay que evitar los eventos en los que haya muchas personas, la misa se puede seguir a través de televisión, ya sea las emisoras públicas, que tienen un espacio dedicado a la misa y las privadas propiedad de la misma Iglesia como 13 TV.  También pueden escuchar misa a través de la radio, entre ellas, también las emisoras propiedad de la Iglesia, como la COPE y en especial Radio María, que tiene información religiosa y política, cuesta distinguirla muchas veces, 24 horas al día. Aparte de la radio, tiene internet, donde muchos canales de Youtube o páginas de Facebook., retransmiten la misa a cualquier hora. Por último, en las plataformas digitales están canales católicos como Orbe21 o EWTN.

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Cuando nuestros padres y madres de la patria se divorcian

Congreso de los Diputados

Congreso de los Diputados

Imagen de victorf en Pixabay

Una de las cosas peores que le puede pasar a alguien durante su infancia o su adolescencia es que su padre y su madre se separen. A veces, la separación es amistosa y la descendencia, aunque sufren porque su vida familiar cambia, no ven ambientes hostiles y se adaptan rápidamente. 

Pero hay divorcios que no terminan bien y se convierten en una guerra, donde las víctimas son los hijos y las hijas, sobre todo. 

En un divorcio pueden tener culpa los dos, o una sola parte, o una parte externa, pero da igual. La unidad familiar se rompe. A veces también, los divorcios surgen en los peores momentos. Durante la enfermedad de alguno de los hijos/as. Después de un accidente. He visto casos. Precisamente, cuando la familia ha necesitado estar más unida, ha surgido la ruptura, añadiendo un dolor a una situación que ya era insoportable.

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